Recuerdos de un barrilete



Pensamientos a partir del ensayo con un barrilete
realizado en el marco de la residencia de Púrpura Proyecto
en Punta del Este, Uruguay.

Septiembre 2025


¿Puede un barrilete formar parte de un set de iniciación en el aburrimiento contemporáneo? ¿Qué implica, hoy, aceptar una invitación tan simple y tan desbordante como la de jugar?
    Hace tiempo que tenía la idea de hacer y volar un barrilete. ¿Por qué? No lo sé con precisión. Intuyo que tiene que ver con recuperar un acto elemental de presencia. Un barrilete exige que use mis dos manos, que coordine cuerpo, viento y atención. Para que vuele, tengo que estar ahí por completo, sin dividirme, sin multitarea, sin negociaciones con nada más. ¿Qué otras cosas logran hoy capturarme de esa manera tan total y tan frágil?
    Ese gesto —sostener un hilo, correr un poco— me obliga a una forma de concentración que parece casi anacrónica. Requiere mi 100%, o simplemente no sucede. No hay atajos ni algoritmos: si no estoy, no vuela.
    La caja, en cambio, pertenece a otra lógica. Puede ser caja, puede contener cosas, puede cumplir su función sin pedirme nada. Se completa sola, sin necesidad de mi confirmación.
    El barrilete no. Su existencia depende de una especie de pacto: solo funciona cuando acepto comprometerme con él, entregarle un tiempo y un cuerpo entero. En ese acuerdo mínimo —y aparentemente insignificante— aparece una idea distinta de estar, de habitar el tiempo y de permitir que algo tan sencillo como un objeto atado a un hilo marque el ritmo de mi atención.



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